¿Cómo encarnas tu porvenir?

El año pasado nos preparamos para lo que venía.
No con planes grandilocuentes, sino en pequeños gestos.

En el adviento.
En esos días donde el tiempo se afloja y algo antiguo vuelve a respirar.

Ordenamos sin saber del todo para qué.

Como quien limpia una casa antes de una visita importante.

Como quien presiente que algo va a cambiar y escucha al cuerpo antes que a la mente.

Hoy quiero contarte algo más íntimo.

Los días más oscuros del año los pasé con mi familia.
Completa.
Los que quedamos.

Hubo mesas compartidas, silencios largos, rutinas nuevas.

Hicimos cosas que, hace algunos años, jamás habríamos imaginado hacer juntos.
Y en medio de esa cotidianidad inesperada, algo se acomodó.

Hoy quiero contarte algo más íntimo.

Los días más oscuros del año los pasé con mi familia.
Completa.
Los que quedamos.

Hubo mesas compartidas, silencios largos, rutinas nuevas.

Hicimos cosas que, hace algunos años, jamás habríamos imaginado hacer juntos.
Y en medio de esa cotidianidad inesperada, algo se acomodó.

Tal vez fue solo por esta vez.


Tal vez porque nadie sabe realmente qué puede pasar en el futuro.
Y aun así… hay decisiones que ya se tomaron sin palabras.
Dados que quedaron echados sobre la mesa.

La pareja joven empieza a querer sus propias tradiciones.
La nieta marca otros tiempos, otras prioridades.
La abuela del clan —bisabuela ahora— camina más lento, habla menos, observa más.

Se vuelve memoria viva.

El relevo generacional no llega como anuncio.
Llega como sensación.


Como un pulso suave que lo atraviesa todo.

Mi cuerpo también lo sabe.
Mis rodillas me lo recuerdan al levantarme, al subir escaleras.
Y, paradójicamente, me siento más fuerte que nunca.
Más presente.
Más habitada.

Este año decidí entrar en mi cuerpo de otra manera.
No para exigirle.
Para escucharlo.

Moverlo.
Fortalecerlo.
Cuidarlo.
Alimentarlo con atención.

Ejercicio.
Yoga.
Fuerza.
Meditación.
Comida viva.

Todo sucede desde mi santuario.
Desde ese espacio —interno y externo— donde el ruido baja y la verdad se asienta.
Título largo del llamado a la acción

Una luna que ordena

Enero abre un umbral.

La Luna Nueva se posa distinta según el territorio:
Capricornio en el norte.
Cáncer en el sur.

Estructura y raíz.
Visión y cuidado.

La energía de la Madre del Clan se activa.
La que sostiene, la que protege, la que sabe cuándo es tiempo de sembrar y cuándo de resguardar.

Como nos recuerda Jamie Sams, no hay futuro sin memoria, ni crecimiento sin pertenencia.


El clan se reorganiza cuando honramos a las abuelas, cuando entendemos que cada ciclo pide algo distinto de nosotras.

Esta luna no empuja.
Acomoda.

Nos pregunta qué estamos construyendo
y si esa vida puede, de verdad, sostenernos.

La coherencia como forma de rebeldía

Mientras alineo cuerpo y mente, algo se vuelve claro.

Una mujer libre, plena y gozosa
sigue siendo profundamente disruptiva.

No por ir contra todo.
Sino por no fragmentarse.

Vibrar alto.
Crear.
Leer símbolos.
Trabajar con lo sagrado.


Y, al mismo tiempo, cumplir horarios, sostener vínculos, habitar responsabilidades.

No es contradicción.
Es integración.

Eso es lo que estoy cultivando.
Eso es lo que se está gestando en silencio.


A mitad de enero

¿Cómo se ha presentado este mes para ti?

Ya pasaron los brindis.
Ya se acabaron los “feliz año nuevo”.
Ahora queda lo real.

Yo me descubro sonriéndome,
postergando un poco el uso del lóbulo frontal,
porque antes de planear
necesito recordar el sentido.

¿Por qué hago lo que hago?
¿Qué efecto quiero ver en el mundo?
¿Qué semilla estoy lista para plantar ahora?

La Luna Nueva no pide listas interminables.
Pide presencia.

El advenir no corre.
Se gesta.

La tierra está lista.
El cuerpo también.

Y tú,


¿qué estás lista para sostener este año?


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