
Hay veces en que la vida nos concede exactamente lo que pedimos.
Y hay otras, mucho más interesantes, en las que nos concede lo que realmente necesitamos aprender.
Cuando empecé a soñar este viaje a Turquía, imaginaba un grupo de 22 mujeres. Veintidós.
Ese era el número que tenía en mi cabeza cuando comencé a compartir la propuesta, cuando hablaba de la Ruta Sagrada de las Diosas, cuando invitaba a las mujeres a atravesar conmigo este territorio que guarda algunas de las memorias más antiguas de lo femenino.
Después pensé que quizás un grupo de 12 sería mejor.
Más íntimo.
Más manejable.
Más cercano.
Y al final fuimos ocho.
Ocho mujeres.
Y hoy, después de haber regresado a casa, puedo decir que fue uno de los regalos más grandes que este viaje me dio.
Porque ocurrió algo que no habría sido posible de otra manera.
Pude conocerlas.
De verdad.
Pude escuchar sus historias.
Pude acompañar sus preguntas.
Pude sostener sus procesos mientras los míos también se desplegaban.
Y fue entonces cuando comprendí algo que ahora parece evidente:
no quiero grupos grandes.
No para este tipo de viaje.
No para este tipo de experiencia.
No para el trabajo que mi alma vino a hacer.
Porque la transformación necesita espacio.
Necesita tiempo.
Necesita presencia.
Y la presencia no se multiplica indefinidamente.
La presencia se ofrece.
Se comparte.
Se cuida.
A lo largo de los días recorrimos lugares que fueron sagrados mucho antes de que existieran los nombres con los que hoy los conocemos.
Caminamos sobre tierras donde las antiguas diosas de Anatolia fueron honradas durante milenios.
Entramos en templos.
Atravesamos ciudades enterradas bajo otras ciudades.
Escuchamos historias que sobrevivieron imperios completos.
Y poco a poco comprendimos que no estábamos haciendo turismo.
Estábamos atravesando una iniciación.
Porque la ruta nunca fue solamente geográfica.
La verdadera ruta era interior.
Desde el primer día la Estrella de Inanna nos acompañó.
No como un símbolo decorativo.
Como un mapa.
Como una brújula.
Como el recuerdo vivo de una de las historias más antiguas que existen sobre la transformación femenina.
La historia de una mujer que decide descender.
Que atraviesa puerta tras puerta.
Que deja atrás identidades, máscaras, seguridades y certezas.
Que se encuentra con la oscuridad.
Y que después regresa transformada.
Más auténtica.
Más poderosa.
Más ella.
Con cada templo.
Con cada conversación.
Con cada silencio.
Con cada resistencia que apareció en el camino.
Nosotras también fuimos atravesando nuestras propias puertas.
Entendí entonces por qué los antiguos pueblos trabajaban con símbolos.
Porque el alma habla ese lenguaje.
Por eso los cristales nos acompañaron durante todo el viaje.
No como objetos mágicos.
Sino como anclas de intención.
Como recordatorios físicos de aquello que cada una estaba llamada a mirar, sanar o recordar.
También aparecieron los huevos.
Símbolo ancestral de la vida que aún no se manifiesta.
De aquello que todavía está gestándose.
Del potencial que existe antes de tomar forma.
Y aparecieron también los antiguos símbolos de fertilidad que hoy muchas veces se malinterpretan, pero que durante miles de años representaron la fuerza creadora de la vida misma.
La unión de los principios que hacen posible toda existencia.
La capacidad de crear.
De gestar.
De transformar.
De renacer.
Porque eso fue lo que hicimos una y otra vez durante el viaje.
Morir a pequeñas versiones de nosotras mismas.
Y volver a nacer.
Pero también aprendí algo importante.
La transformación necesita sostén.
Abrir una puerta interior es hermoso.
Permanecer abierta mientras la atravesamos requiere cuidado.
Por eso las frecuencias nos acompañaron durante todo el recorrido.
No como una promesa.
No como una solución.
Sino como una forma amorosa de apoyar al cuerpo mientras integraba experiencias, emociones, recuerdos y comprensiones profundas.
Las frecuencias de Healy se convirtieron en una especie de tejido invisible que acompañaba lo que estaba sucediendo.
A veces ayudando a descansar.
A veces favoreciendo la integración.
A veces sosteniendo emocionalmente procesos que estaban emergiendo.
Porque cuando una mujer decide recordar quién es, todo su sistema participa.
El cuerpo.
Las emociones.
La historia.
La memoria.
El alma.
Y cada una necesita ser escuchada.
Quizás por eso ocurrió algo tan hermoso entre nosotras.
Dejamos de ser un grupo de mujeres viajando juntas.
Nos convertimos en una hermandad.
No porque fuéramos iguales.
Todo lo contrario.
Éramos profundamente distintas.
Algunas hablaban mucho.
Otras observaban.
Algunas ocupaban el espacio con naturalidad.
Otras lo habitaban desde el silencio.
Algunas llegaron ligeras.
Otras tuvieron que atravesar enormes resistencias para permitirse estar allí.
Y sin embargo, debajo de todas esas diferencias, había algo que nos reconocía.
Como si ya nos conociéramos.
Como si una parte muy antigua de nosotras hubiera estado esperando este encuentro desde hacía mucho tiempo.
Porque cuando compartimos un descenso verdadero, algo cambia.
Las máscaras dejan de importar.
Las comparaciones dejan de importar.
Las historias dejan de importar.
Y aparece algo más esencial.
La humanidad.
La vulnerabilidad.
La pertenencia.
Quizás eso sea, en el fondo, activar el Código Diosa.
No convertirse en alguien diferente.
Sino recordar quién hemos sido siempre.
Recordar que pertenecemos.
Recordar que estamos conectadas.
Recordar que debajo de todas nuestras diferencias existe una memoria común que sigue viva.
La memoria de la Gran Madre.
La memoria de las mujeres que caminaron antes que nosotras.
La memoria de una sabiduría que no vive en los libros.
Vive en el cuerpo.
Por eso hoy, con el corazón lleno de gratitud por lo vivido, he tomado una decisión.
Los próximos viajes serán pequeños.
Máximo doce mujeres.
Porque quiero seguir cuidando esa intimidad.
Quiero seguir creando espacios donde podamos mirarnos a los ojos.
Donde cada historia tenga lugar.
Donde cada proceso importe.
Donde el viaje sea mucho más que un itinerario.
Y por eso también he decidido abrir una nueva fecha para la Activación del Código Diosa.
Del 3 al 18 de octubre.
No para quienes buscan simplemente conocer Turquía.
Sino para las mujeres que sienten el llamado de atravesar un territorio sagrado para descubrirse a sí mismas.
Para quienes desean regalarse tiempo.
Profundidad.
Escucha.
Presencia.
Para quienes saben que algunos viajes no se hacen para conocer el mundo.
Se hacen para regresar a casa.
A una casa más antigua.
Más profunda.
Más verdadera.
La que siempre ha habitado dentro de nosotras.
Y quizás, después de todo, eso fue lo que las diosas de Anatolia vinieron a enseñarnos.
Que el verdadero viaje nunca termina cuando el avión aterriza.
El verdadero viaje comienza cuando regresamos y descubrimos que ya no somos exactamente las mismas mujeres que partieron.
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