
Darme permiso: lo que una mujer descubrió al activar su Código Diosa en Turquía
Hay viajes que empiezan mucho antes de comprar un boleto de avión.
Empiezan con una sensación.
Con una imagen que aparece en el momento preciso.
Con algo que vemos y, aunque todavía no podamos explicarlo, nos hace pensar:
“Ahí tengo que estar.”
Eso fue lo que le sucedió a Laura.
Ella vive en Chile y llevaba tiempo pensando en hacer un viaje lejos. Había considerado Marruecos. Le atraía su estética, su historia, esa sensación de territorio antiguo que tienen algunos lugares.
Pero no terminaba de encontrar aquello que la llamara realmente.
Hasta que apareció Turquía.
O, mejor dicho, apareció el Código Diosa.
Y algo en ella hizo clic.
No necesitó tener toda la explicación.
No necesitó conocer perfectamente el territorio.
Simplemente supo:
“Ahí está mi viaje.”
Y a veces así empiezan las experiencias que después terminan transformándonos.
Llegar sin saber exactamente qué iba a suceder
Laura es una mujer acostumbrada a racionalizar.
A entender.
A ponerle nombre a las cosas.
Pero Turquía le propuso otra manera de estar.
Sentir.
Observar.
Dejarse llevar.
Permitir que algunas experiencias sucedieran sin tener que comprenderlas inmediatamente.
Y eso, para una mujer acostumbrada a buscar respuestas, puede ser profundamente transformador.
Porque no todo lo que vivimos necesita ser entendido en el mismo instante en que sucede.
Hay cosas que primero se sienten.
Y mucho después encuentran palabras.
Laura me decía que todavía había experiencias de este viaje a las que no podía ponerles nombre.
Y me parece hermoso.
Porque quizás una parte de la transformación ocurre precisamente ahí:
en ese territorio donde todavía no sabemos explicar lo que nos está pasando, pero sabemos que algo se está moviendo.
¿Qué cambió?
Cuando le pregunté qué había sucedido entre la Laura que aterrizó en Estambul y la mujer que estaba terminando el recorrido, hubo una palabra que apareció una y otra vez:
permiso.
Darse permiso.
Permiso para ser ella.
Permiso para invertir en sí misma.
Permiso para disfrutar.
Permiso para hacer cosas que no necesariamente tienen una utilidad inmediata.
Y esto último me parece especialmente poderoso.
Porque muchas mujeres hemos aprendido a justificar cada cosa que hacemos.
¿Para qué sirve?
¿Es necesario?
¿Lo necesitan mis hijos?
¿Lo necesita mi pareja?
¿Lo necesita mi familia?
¿Es productivo?
¿Es razonable?
¿Vale la pena?
Y quizás hay momentos en la vida en los que necesitamos hacernos otra pregunta:
¿Me hace feliz?
Laura descubrió que podía disfrutar del fruto de su propio esfuerzo.
Que podía invertir en ella.
Que podía darse algo simplemente porque lo deseaba.
Y lo dijo de una manera muy sencilla:
Si puedo hacerlo y tengo los medios, ¿por qué no?
El permiso de no quedar siempre al final
Hay algo que escucho constantemente cuando trabajo con mujeres.
Muchas sabemos cuidar.
Sabemos sostener.
Sabemos organizar.
Sabemos estar pendientes.
Sabemos resolver.
Sabemos ocuparnos de todos.
Lo que a veces no sabemos es ocuparnos de nosotras mismas sin sentir culpa.
Laura lo expresó desde su propia experiencia.
Y utilizó una imagen que todas conocemos: cuando viajamos en avión y explican que, en caso de emergencia, primero debemos colocarnos nuestra propia mascarilla antes de ayudar a los demás.
No es egoísmo.
Es supervivencia.
Es responsabilidad.
Porque si nosotras no podemos respirar, tampoco podremos sostener a nadie.
Y quizás una de las formas más profundas de amor hacia quienes queremos sea precisamente esa:
no abandonarnos a nosotras mismas.
¿Y si darte algo a ti también fuera una forma de amor?
A veces pensamos que invertir en nosotras es un lujo.
Que viajar es demasiado.
Que hacer algo solamente porque nos gusta es innecesario.
Que primero están los hijos.
La pareja.
Los padres.
El trabajo.
La familia.
Y después, si queda algo de tiempo, energía o dinero…
nosotras.
Pero ¿qué ocurriría si empezáramos a cambiar ese orden?
No para dejar de cuidar a los demás.
Sino para incluirnos.
Para recordar que también somos parte de nuestra propia vida.
Eso fue una de las cosas que Laura se llevó de Turquía.
Y quizás eso sea también una parte del Código Diosa:
no convertirnos en otra persona.
No aprender a ser más perfectas.
No cumplir con una nueva lista de exigencias espirituales.
Sino darnos permiso para ser quienes somos y para disfrutar de la vida que hemos construido.
Turquía como territorio de descubrimiento
Hay algo que me conmueve especialmente de escuchar a las mujeres después de un viaje así.
Muchas llegan pensando que conocen Turquía.
Y descubren que apenas habían comenzado a imaginarla.
Porque detrás de las ciudades que conocemos, de los nombres griegos y romanos que aprendimos en la escuela, existe una historia mucho más profunda.
Un territorio que fue habitado y transformado durante miles de años.
Una memoria femenina que aparece una y otra vez.
Diosas.
Templos.
Símbolos.
Rituales.
La Gran Madre.
Y en medio de todo eso, nosotras.
Mujeres del siglo XXI caminando sobre territorios donde otras mujeres estuvieron antes.
No para repetir sus historias.
Sino para preguntarnos qué parte de esa memoria sigue viva en nuestro propio cuerpo.
El mejor regalo
Cuando le pregunté a Laura qué le diría a una mujer que está considerando vivir esta experiencia, su respuesta fue contundente:
Es el mejor regalo que me he dado.
Y después añadió algo todavía más importante:
que muchas mujeres se posponen hasta el último lugar.
Y que quizás ya es momento de dejar de hacerlo.
No siempre necesitamos esperar a que todo esté resuelto.
No necesitamos llegar a una edad determinada.
No necesitamos tener permiso de nadie.
A veces necesitamos simplemente reconocer que nuestra vida también merece ser vivida.
Eso es lo que me llevo de escuchar a Laura.
Que el Código Diosa no es solamente un viaje a Turquía.
Es una pregunta.
Una pregunta que cada mujer responde a su manera:
¿Qué pasaría si dejaras de ponerte al final?
Quizás la respuesta sea un viaje.
Quizás sea una decisión.
Quizás sea descansar.
Quizás sea volver a tu cuerpo.
Quizás sea comprar ese boleto.
Quizás sea hacer algo que no tenga ninguna utilidad excepto hacerte feliz.
Quizás sea, simplemente, darte permiso.
Y tal vez ese sea el verdadero comienzo de cualquier activación:
cuando una mujer deja de pedir permiso para existir plenamente.
Y comienza a elegir su propia vida.
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